lunes, 16 de febrero de 2009

Un día de río en el Paraná

Pescamos con la Pity ¿si?

Que las disfruten, casi tanto como yo!!!



Myrtita





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domingo, 15 de febrero de 2009

Navegar en la Pity

Todavía me parece oír a Papá diciendo:
– Propongan nombres para la lancha, sino el que calla otorga.
Y otorgamos, nadie propuso, así nació Pity.
Un nombre intrascendente para la sociedad, pero que en la intimidad que hoy revelo me coloca a la altura de la reina Mary o Elizabeth con sus respectivos Queenes.
Pity fue bautizada en mi honor, aunque su capitán nunca hizo un manifiesto público y expreso de esta razón.
Pity fue una más que clara alusión a mi sobrenombre de la infancia y dejó en evidencia ese decir popular de que las nenas son de los papás.
¡Qué honor y que vergüenza!
La Pity es Pity por mí.
La Pity que no ostenta ni con su eslora, ni con la potencia de su motor, pero que se muestra airosa como el orgullo de su capitán.
La Pity que circula entre yates, veleros y potentes lanchas modernas, que se hizo a las aguas del Paraná y con su nuevo motor nos llevó a pasear por el río.
Pero tanto honor no es gratuito.
La Pity no es menos glamorosa que el Queen Elizabeth, el Queen Mary y tantos otros famosos, aunque diría que su glamour es un tanto más autóctono.
Subir a la Pity, significa aceptar las reglas del Capitán.
Compartir el espacio con una docena de tarros preparados para la pesca.
Aceptar ubicarse cerquita del balde verde que contiene la carnada indispensable para esta actividad. Tripas de sábalo, freezadas por años, que se van descongelando con el paso de las horas bajo los rayitos del sol.
Navegar en la Pity significa saciar la sed en esa lata de tomates, ligeramente herrumbrada, de bordes prolijamente suavizados que se llena con jugo de uvas destapado con ese tirabuzón prehistórico guardado en una bolsita de nylon.
Naufragar en la Pity demandaría aceptar colocarse esos salvavidas de corcho, de la época de la conquista, que descansan bajo la proa.
Navegar en la Pity es asumir roles protagónicos en soltar amarras, sondar la profundidad de las aguas con las palas de los remos, tirar el ancla, recoger el ancla, meterse al río, empujar la lancha desde abajo y oficiar de Moises para cerrar las aguas nuevamente después de vararnos en la arena y el lodo de las aguas poco profundas.
Es ayudar con la pesca, capturando el pez que hace bailar aquel tarro lejos, vigilar los tarros para que el río no los esconda, recoger los tarros ya sin carnadas.
Navegar en la Pity es disfrutar de la generosidad de las picadas de salame, queso y mortadela con galletas.
Es sentir que el río se regocija de su presencia, que el viento acaricia su paso, que el agua salpica las risas.
Es sentir el orgullo de ser descendiente de ese capitán sin vueltas, sencillo y auténtico, que contagia alegrías y que disfruta plenamente de este placer de hacer suyo el Paraná, simplemente navegando en la Pity.
Myrtita

sábado, 24 de enero de 2009

Razones de nada

¿Qué contiene mi nada?
¿Cómo se llena mi tiempo?
Mas o menos así.
¿Con mucho? ¿Con poco?
No sé, pero les aseguro que se llena!!!
Les presto mi peine para que despejen su mente y lo vean con un click.
Myrtita

No tengo tiempo

Llegaron las vacaciones, el tiempo de las no obligaciones, el tiempo de hacer nada, y acá estoy haciendo nada y sin tiempo.
¡Qué contrasentido! ¡Qué ilógica esta afirmación!
Nada más absurdo y traído de los pelos, que tener que hacer nada y no tener tiempo.
Cuanta ridiculez junta, cuanta incoherencia manifiesta.
Metida en esa filosofía absurda e inentendible.
Sigo sin entenderla, pero ¡estoy adentro!
¿Cómo es posible?
Ocupo mi tiempo queriendo entender.
No encuentro respuestas, sólo evidencias de que lo ilógico en esta vida, a veces se vuelve lógico.
Me río, pero no entiendo.
Tengo que hacer nada. En realidad nada me obliga a hacer cosas, sin embargo ocupo mi tiempo en nada y me quedo sin tiempo.
Sin tiempo para aquello que debo, sin tiempo hasta para aquellas cosas que quiero, sin tiempo para poder.
Y me relajo, me distiendo en mi nada.
Mi nada se llena de sol. Mi nada me causa placer. Mi nada ocupa mi mente.Mi nada me hace feliz, quizás por eso sea que no tengo tiempo.

Myrtita

sábado, 17 de enero de 2009

Con sabor a esfuerzo

Hoy quise probar algo nuevo. Algo que por principio no me seduce.
Hoy quise sacarme las ganas, por eso de que quizás era un prejuicio, y que eso que no me gustaba de antes, hoy me resultaría diferente.
Anoche lo decidí, y hoy hice gimnasia.
Nada de club, nada da gimnasio, nada de recinto cerrado con olor a esfuerzo.
Mi decisión se vio estimulada por el espacio. La gimnasia sería al lado del río. No ahí lejos, casi al pie del faro, en mi espacio ya colonizado, la gimnasia sería en el talud de césped, frente a esa tarima desde la que se imparten las consignas.
Desde hace varias clases las miraba de lejos, sin dimensionar el esfuerzo.
Se veían casi uniformes, armónicas y siempre terminaban con un aplauso.
A lo lejos, nada lucía tan terrible, y hasta casi diría se las veía acabar felices.
¿Cómo podía resistirme a eso que día a día ganaba más y más adictas?
¿Cómo podía resistirme a eso que tanto divertía y estimulaba?
¿Cómo podía resistirme a eso que era centro infalible en las conversaciones de mujeres?
Pero me resistía. El esfuerzo no me resultaba tentador.
Si estaba bien, allá lejos, casi al pie del faro. Es más, si hasta ya había incursionando en las movidas dentro del agua.
¿Qué falta me hacía? ¿Para qué cargar con más cosas el verano?
Pero las mujeres somos así. Curiosas.
Quería entender la razón de ese placer tan colectivo, o entender cómo surgía esa especie de masoquismo placentero.
Anoche lo decidí, y hoy hice gimnasia.
Las colchonetas esperaban apiladas. El equipo de música, en la tarima, aguardaba la orden para comenzar a sonar.
Miré a las avezadas, entendí que debía retirar la colchoneta y disponerme frente a la tarima para tener una visión clara de los movimientos a seguir.
Una visión clara, pero a distancia. Preferí la retaguardia a la vanguardia.
Comenzaron a llegar las chicas. Se cruzaban los saludos, las impresiones del tiempo, los comentarios de la velada, hasta que la música empezó a sonar y cada una tomó su posición.
Con la agilidad de una gacela, bajaban las órdenes.
Con la lentitud de una pereza las recepcionaba.
No estaba el agua como incondicional aliada.
El aire no trasmitía ondas. El esfuerzo era todo mío y bien localizado, que le llaman.
Más que localizado verifiqué.
Comencé a sentir cada pedazo de músculo que integra mi ser.
Mentalmente podía dibujar mi físico, cada vez que levantaba una pierna o giraba una rodilla.
Que las piernas primero, que los glúteos, que las cervicales, que los pectorales.
Que con las pesitas, que con los elásticos.
Todo sumaba esfuerzo, nada restaba.
En mi esfuerzo se elevaba el deseo de que, al menos, todo aquello que la naturaleza dejó caer, con este sacrificio al menos, insinuara endurecerse o volver a levantarse.
Llegó el momento de la colchoneta, pero para nada el relax. Nada más lejano a eso.
Llegó el tiempo de abdominales, o mejor dicho de castigar al abdomen por haber recepcionado el asado, las papas fritas, los churros, las galletitas de chocolate, las cervezas. De castigar al abdomen por haber sido sumiso ante nuestros angurrientos caprichos.
Descreída de los resultados, ante el dolor del esfuerzo, comencé a pensar con cariño en mis rollos y distensiones provocados por la vida.
Todas ahí, muriendo un poco, tiradas panza arriba.
La posibilidad de mirar al cielo y a las ramas de los sauces meciéndose sobre mi cabeza, me sacó del esfuerzo inconmensurable que hacía para doblegar mi panza.
¿Porque nadie preguntaba la hora?
¿Sería que el reloj había decidido detenerse y las agujas no querían girar?
¿Sería que este esfuerzo no acabaría jamás, o que sucumbiría antes de la hora pautada?
Que tranquilo se veía el río reflejando el sol.
El esfuerzo no cesaba, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo.
- Una más!
- Vamos!!!
- Mas y más!!!!
El sudor corría por los físicos que resoplaban. El jadeo aparecía ante cada repetición.
- Vamos!!!
- Mas y más!!!!
Había sido mi elección, no debía claudicar pero qué distendidas asomaban las chicas allá a lo lejos, al borde de la pileta.
- Una más!
- Vamos!!!
Mi accionar no venía tan mal para ser la primera vez, pero qué hermosos se veían los biguás, allá lejos, casi al pie del faro.
En ese momento la música cambió. El romanticismo se expandió por el cielo y nos envolvió.
La clase llegaba a su fin y con esto la distensión y el relax.
Mi mente se evadió, salió de mi castigado físico. El placer llegó, y allí el aplauso irrumpió coronando el esfuerzo.
Y comprendí, desde lejos se las veía acabar felices.

Myrtita

sábado, 10 de enero de 2009

Ese espacio tan nuestro

El pronóstico del tiempo auguraba lluvias y tormentas para la mañana del jueves, por lo que la jornada de playa del día siguiente aparecía como dudosa cuando nos despedimos.
La buscada tempranera debería ser confirmada de acuerdo a la certeza o no de lo que se vaticinaba.
Amaneció nublado, fresca la mañanita, pero sin agua a la vista. ¿Porqué desperdiciar el día?
Sin pereza decidimos que unas nubes negras y copiosas no eran razón suficiente para cambiar la rutina que nos habíamos impuesto para estas vacaciones, y partimos rumbo a la playa.
Nos ubicamos allá, lejos, casi al pie del faro. En nuestro lugar, ya que cada de las habituales concurrentes ha ido colonizando un pedacito de ese espacio. Las ubicaciones, de manera tácita se respetan, a lo sumo, se comparten previo pedido de autorización para aglutinarse.
La mañana estaba tranquila, el río estaba tranquilo, el sol no despertaba o buscaba quedar protegido tras los nubarrones negros y copiosos.
La pileta de la playa se veía despejada. Las chicas parecían haberse licenciado con el permiso del sol que se resistía a asomar.
De repente, la música empezó a sonar y el aire se llenó de ondas. El río sonrió buscando la complicidad del sol y la playa se convirtió en un lugar con magia.
No se de dónde, pero ellas aparecieron por decenas y en rápidos movimientos se adentraron a la pileta.
No les importaba la falta de sol, ni la baja temperatura del agua. La música las estaba convocando.
Nunca he sido de vanguardia en estas situaciones, pero la música seducía, la buena onda contagiaba.
Dejé mi lugar allá lejos, casi al pie del faro y tímidamente me animé a acercarme.
Con decisión me sumergí en las aguas. En un santiamén estuve dentro de ese grupo de mujeres que se balanceaban al son de la música.
Energías. Tanto que se habla de las energías, y en ese momento las sentí como un imán irresistible que me invitaba a ser parte.
Comencé el baile sin perder la mirada de la guía que desde el borde de la pileta impartía instrucciones.
Pasitos a derecha, a izquierda. Arriba, abajo. Con un brazo, con el otro. A mover las caderas, bambolear los pectorales.
Las carcajadas emanaban de la pileta al ritmo de esa música latina que nos invitaba a cantarla.
Movimientos armónicos, sincronizadas, remolinos de agua, voces que se elevaban en las letras de las canciones. Relax.
La playa era nuestra. La pileta era nuestra. El espacio era nuestro, tan nuestro que todo lo que nos preocupaba antes de caer al agua se había ahogado por arte de magia.
Decenas de mujeres. Flacas, gordas, viejas, jóvenes, casadas, viudas, solteras, separadas, con bikinis, con enterizas, rubias, morochas y coloradas, con capelinas, con gorros, con cabezas al sol.
Todas distintas y todas iguales.
Las canciones se sucedían sin tregua. Pero la energía era grande y el cansancio no se sentía.
Debía seguir a la guía porque mi destreza no era buena.
Nunca antes me había animado a ser parte. Porque el agua estaba fría, porque no sabía bailar, porque me mirarían, o simplemente porque no me animaba o porque no me lo permitía. Excusas y más excusas que en ese momento siendo parte se me antojaban tontas.
Desde adentro, miraba a las que seguían con sus novelas en los sillones más allá del borde de la pileta.
Miraba a las que seguían con los dedos el ritmo de la música sentadas más allá.
Miraba a las que miraban sin atreverse a entrar.
Las miraba desde adentro como me hubiera podido ver a mi misma un par de días antes.
Debía seguir a la guía, pero no podía abstraerme de algunas charlas que se daban en el cambio de una canción a otra.
- Hice tantas cosas antes de llegar.
- Estaban los pintores en casa, tenía que mover los muebles, y me daba cosa dejar a mi marido…
- Anoche recibimos el año con la gente de gimnasia.
- ¡Que ricas pizzas, con mucho queso y cerveza! Me encantan, pero al otro día el hígado acusa…
Que me importaban esos menesteres si la música me transportaba.
No quería perder a la guía. Debía girar, avanzar, agacharme.
No tenía tiempo de charlar. Postergaría el diálogo para después del relax.
Alguien preguntó la hora. Ya conocía los momentos de la clase. Ya sabía que ese encanto en breves minutos acabaría.
Saldríamos del agua. Volveríamos a ser todas diferentes.
Cada una ocuparía ese lugar tácitamente colonizado. Volvería a su novela, a la charla con amigas, al comentario de la clase. Volvería a su realidad con una sensación diferente. Volvería a su realidad, quizás con una sensación de plenitud, de haberse dado tiempo, de haberse dado un gusto. Con la sensación de haber construido por un rato ese espacio tan nuestro.
Myrtita

sábado, 3 de enero de 2009

El "A" de la ´78 en fotos

Siguen llegando aportes.
Fotos del A de la mano de Analía D.
Mírenlas con un click en la insignia.

Myrtita