jueves, 19 de febrero de 2009

En busca de la identidad

Llegar temprano parecía la única manera de cumplir con esa obligación cívica de cambiar la foto en el documento. Renovar la tierna imagen de la niña de ocho años por esa de la vistosa adolescente de dieciséis.

Muñidas de casi todo lo solicitado en el instructivo de la web, la ilusión del trámite rápido nos movilizó.

Un contacto interno para corroborar que aquel papel, en el que constaba la llegada al mundo de María, escrito hace escasos ocho meses, seguía vigente y no era necesario ser parte de esa cola que doblaba la esquina bajo un sol que recién se levantaba estimulado por los 38°C que se anunciaban.

Rogando que el tono celeste del fondo de la nueva foto fuera aceptado, y que el papelito del banco no hubiera cambiado su valor por los movimientos del dólar y del euro, nos aventuramos a subir la escalera.

El cartel que anunciaba una nueva asamblea permanente a partir de las diez horas, nos aceleró.

Rápido, debíamos sortear la nueva cola que se armaba allá arriba, detrás de la puerta con un papel que decía en letras grandes "Para trámites, golpee, pase y cierre".

Sólo diez personas adelante nuestro era como un sueño, una utopía. Diez personas solamente, en una oficina espaciosa, con un aire acondicionado de cuatro módulos y cinco escritorios de atención al público, más allá de la mesa de entrada con las diez personas previas.

Con un gesto cordial, la recepcionista verificó los papeles.

La adrenalina que me generaba la idea de volver a empezar porque algo no estuviera bien, se manifestaba en mì con un sudor interno, con palpitaciones.

- Muy bien! Con el número veinte las van a llamar.

¡Aleluya! Un escollo menos. La identidad ya casi era nuestra.

Ese paraíso que se brindó como primera impresión al entrar, se fue desdibujando en minutos.

Una sensación de sopor me embargó.

Levanté mi vista hacia el monstruoso aparato del aire acondicionado buscando razones a mi malestar.

Descubrí que el aire que emanaba de él era tibio. Me acerqué tratando de que el vientito me volara el flequillo, y nada. Solo una bocanada de aire caliente me golpeó el rostro.

Seguí los rayos de sol que se dibujaban sobre el granito del piso, tratando de localizar su procedencia con la ilusión de un ventanal que trajera brisas nuevas al aire ya viciado.

Llegué al techo, bajé ligeramente el enfoque de mis ojos sobre la pared del frente y me topé con un ventiluz ciego, que solo dejaba pasar la luz, haciendo del recinto una verdadera burbuja hermética.

Empecé a pensar en la cantidad de humanos que me acompañaban en ese habitáculo cerrado y mi bienestar fue en picada.

- ¡Dieciséis!

Escuché a lo lejos.

Ya faltaba menos, solo cuatro documentos y la identidad sería nuestra.

La velocidad con que se desempeñaban los empleados en esos despojados escritorios, comenzó a crispar mi espíritu de buena ciudadana.

Descubrí una silla al fondo, y decidí sentarme ya que la marcha se anunciaba lenta.

Percibí a aquel chiquito de ocho años que dibujaba infructuosamente una firma en un papelito de prueba, antes de rotular su flamante documento y mi cabeza desembocó en la educación.

La escuela debería proponerles un dictado de firmas como preparación para este acto de civismo, tanto como para desatar sonrisas ante la imagen dulce del labrado y no rabia, ante el movimiento desenfrenado de las agujas del reloj que se llevaban mi preciado tiempo.

La limpieza de los dedos con aquella estopa negra, por el cúmulo de tinta de los ya identificados.

El ganchito que se acaba justo en el momento en que el trámite parecía terminar.

La recarga de la abrochadora detrás de aquel armario divisor de ambientes improvisados.

La hora del mate, con el desfile de termos con el agua a punto.

- ¡Veinte!

Desperté de mi ensueño, la identidad se hacía realidad.

En realidad ahora entiendo a ese trámite como el momento de la concepción, porque al trasponer nuevamente esa puerta en busca de la realidad, comienza una nueva etapa. La etapa de la gestación, que podrá durar seis, siete, nueve meses o quizás dos años, como la de los paquidermos.

En este lapso la personita se deberá guardar como indocumentada sin poder cruzar fronteras.

Cumplido ese tiempo sobrevendrá el alumbramiento, y ocurrirá el desenlace de esta historia que comenzò como una sencilla búsqueda de la identidad.

Myrtita

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola esto es una prueba de comentarios