domingo, 25 de abril de 2010

Don Nicola

¿Qué dispara mis palabras?
Un olor, una imagen, un sonido. La soledad, mis sentidos, una mente inquieta que sin permiso se da licencias y viaja. Viaja lejos, muy lejos, tan lejos que me asusto de solo pensarlo.
El ruido seco y constante de la tijera de podar, lo trajo a mi mente. Don Nicola.

Que descuelgue de ideas, ¿de dónde vienen? Son muy lejanas, me anclan en mi infancia.

Don Nicola, el jardinero. Aquel viejo italiano que todas las semanas llegaba para dejar su magia en el pequeño jardín de la calle Rivadavia.

Tostado por el sol, rubio de ojos chiquitos del color del cielo, de palabras en un castellano atravesado. Con paciencia y pasión, acomodaba la maraña verde, dejando un espacio prolijo y florecido.

Ya entré. Decido recorrerlo contra el sentido de las agujas del reloj.
En el cantero triangular de la derecha, me recibe el rosal rojo, en el vértice, custodiando la puerta de acceso. Más allá, en el centro el dominio de la bandera española que disputa el espacio con un árbol frutal, del que no distingo sus frutas, pero lo veo más cerca del tapial que linda con lo de Del Azar. Sobre el borde de cemento que marca los límites de este espacio, una línea perfecta de flores de estación que se renuevan permanentemente dando el toque de color y alegría.

Un espacio verde, sin flores, más húmedo se protege cerca de la pared que deja atrás el oeste. Las acuáticas con sus hojas grandes que conforman el mejor refugio para la jugada a la escondida.

El rincón de la parrilla, con una simple mesada en la que el buen asador debe trabajar arduamente para ganarse el aplauso merecido, quedó flanqueado por mi hamaca custodiada por dos jazmines del Paraguay.

Los jazmines del Paraguay, un símbolo fuerte de mi niñez, escoltan esa pequeña hamaca que fabricada por Don Sendra, el viejo herrero amigo de Papá, quizás a cambio de algún acto quirúrgico.

La pared de la casa de los abuelos oculta por su enamorada vigorosa que refugia todo tipo de alimañas obligando a podas permanentes.

El mamón delante del tapial del fondo, voltea sus hojas y deja rodar sus frutos en una suerte de guerra. -¡Cae otro más cuidado! Y la corrida…

El jazmín celeste sin límites definidos oculta la piecita de los cachivaches y se enmaraña apoyado en el pequeño tingladito que protege el acceso al cuartito.

Un paso angosto, con baldosas me deja volver a la puerta. Una puerta grande con vidrios de colores, protegida del sur por la glicina. No veo sus flores. Las hojas ocres comienzan a caer. Es otoño.

El ruido seco y pausado de la tijera me llevó. El paseo fue corto. Ya termina. Sólo una vuelta por el jardín chiquito de mi casa vieja.
Don Nicola ya se fue. Llegué justo para verlo partir. El recuerdo fue grato, su magia todavía estaba allí.

Myrtita

domingo, 28 de marzo de 2010

Para Jose Luis

Myrtita

sábado, 27 de marzo de 2010

Bolsa o sepultura

Era la mañana de un sábado, de un otoño que recién nacía.
De manera casi autómata, como todas las mañanas, abrí las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio se filtrara suavemente a través de los pliegos de las cortinas.

Una mañana como todas, pero, en ese instante que apareció frente a mí.
Parecía dormido, acariciado por el sol. Su mirada se perdía en el infinito, su postura era un tanto rígida, parecía elevar una plegaria al cielo.
¿Una plegaria al cielo? Algo no funcionaba bien en aquella observación. Agudicé mi vista. ¿Dormido? ¡NO!

Estaba AHÍ. ¡MUERTO! Un pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche de alborotos, ladridos y maullidos. La razón del caos y mi desvelo estaba allí descansando finalmente en paz. Víctima de mis canes.

Aterrada o impresionada empecé a los gritos en una suerte de ataque. Todos los humanos del hogar corrieron a percatarse de la razón de mi alteración

Los perros corrían al darse cuenta de su protagonismo en semejante altercado.

Una mañana como todas, pero pintaba diferente.

De manera casi autómata, comencé a cerrar las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio siguiera acariciando al gato, lejos de mi vista, mientras la oscuridad se adueñaba nuevamente de mi hogar.

La decisión ya estaba tomada. No más sol hasta que embolsaran el gato.

- ¿Cómo lo vamos a sacar en una bolsa?
- ¡Hay que enterrarlo!
- ¡Hagan lo que quieran y como puedan pero lo desaparecen del jardín!

Entiendo que mi accionar fue, si se quiere, desmedido e irracional pero a la distancia me doy cuenta de que otro condimento se mezclaba en él.

Los humanos del hogar no eran culpables del asesinato. Yo era incapaz de resolver aquella situación mortal, y mi esposo planificaba una gira deportiva por diez días. Diez días en una ciudad con sus costas bañadas por el mar tendrían su costo.

Delegando la responsabilidad del gato me fui.

Fue así que los hombres de la casa tomaron las palas, cavaron una fosa y le dieron al gato una cristiana sepultura, acorde a sus principios, lejos de mi teoría de que embolsaran el gato.
Satisfechos hicieron alarde de su obra a mi regreso. El gato descansaba en paz y el esposo al día siguiente partía feliz con la satisfacción del deber cumplido.

La mañana del lunes llegó.
De manera casi autómata, como todas las mañanas, abrí las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio se filtrara suavemente a través de los pliegos de las cortinas.

Una mañana como todas, pero fue en ese instante que apareció frente a mí. Parecía dormido, acariciado por el sol. Su mirada se perdía en el infinito, su postura era un tanto rígida, parecía elevar una plegaria al cielo.

Estaba AHÍ. ¡MUERTO! De nuevo el pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche reapareció. ¡EXHUMADO!

¡Era el tercer día y parecía haber resucitado!
Prolijamente la fosa había sido profanada por mis canes que aparentemente se resistían a dejarlo partir.

De nuevo mis gritos de horror, pero que no llegaban más allá de los límites del barrio. Más allá de la frontera el esposo ya descansaba de la rutina hogareña.

- ¡Agustín!! ¡Les dije que sacaran el gato y no que lo enterraran! ¡Aquí está de nuevo! ¡No pienso abrir ni una ventana hasta que lo saqués de acá!

No entiendo aún la razón de su sumisión, pero sin rezongar, mi hijo mayor, creo que en un intento de evitar mi internación por locura, envolvió su cabeza en una toalla para aislarse del hediondo perfume del gato, tomó la pala, y unos metros más al fondo comenzó la nueva fosa sin poder despojarse de sus principios de la cristiana sepultura.

Más profunda, y con lápida, para que los perros no la pudieran violar. Unos viejos escalones de granito, dispuestos como las piezas de un rompecabezas, sellaban la tumba. Solo le faltaba un florero.

La semana siguió su curso. El tema del gato quedaba para la historia. Como una oscura anécdota, pintada por la muerte.

Pasó la noche del viernes. El sábado amaneció radiante, luminoso. Una mañana otoñal de ensueños. Ese sábado el tiempo era mío. Decidí hacer lo que nunca hacía: fiaca en la cama, pero como quería que el sol entrara, de un salto decidí abrir las ventanas al jardín.

Una mirada a lo lejos y una rápida focalización a lo cercano.
Los perros daban vueltas por el jardín. Algo se disputaban. Algo traían entre sus dientes.
Aclaré mi vista. No me daba cuenta de que se trataba. Era algo largo. ¿Una rama? ¡NO! ¿Un huesito? Casi, casi. Agudicé más mi vista y la descubrí: ¡Una pata! Pero, ¿de qué?

Miré a lo lejos. La lápida seguía inalterada, pero la tumba se había convertido en un túnel de un metro de profundidad, y el gato muerto sólo era un conjunto de partes que provocaba la disputa de los hermanos. Era la pata del gato.

Adiós fiaca en la cama. Adiós mi tiempo en esa mañana de sábado.
Bajé corriendo, para cerrar todas las puertas de acceso al jardín.

Nuevamente mis gritos. Pero esta vez sin eco. Nadie respondía. Los perros alertados habían dejado de pelearse por ese pedazo de hueso con pelos y algo de carne.
En dos patas apoyados sobre la ventana despedían un olor nauseabundo y me miraban atónitos sin entender que era lo que me enojaba.

Seguía gritando, pero al cielo. Nadie respondía. Cuando a lo lejos escucho el teléfono. Atiendo y una voz suelta y alegre osaba preguntar: ¿cómo anda todo en el hogar?
No puedo reproducir respuestas. Sería censurado mi espacio.
El mar, el sol, la playa de un lado del tubo y los restos del gato esparcidos como esquirlas por el jardín, después de una semana de la incorporación de su espíritu al ejército celestial, por el otro.

Una situación no resuelta. Una única persona para definir el accionar.
Ya todos eran inmunes a mis gritos.
Sin alternativa me enfrenté a la muerte. Me uní de coraje, dispuse de los elementos y planifiqué la acción.

Adopté el método de las vueltas de toalla sobre mi rostro para aislarme del olor.
Bolsas de supermercado a modo de guantes en mis manos para no sentir el frío de la muerte.
Una bolsa negra grande para que finalmente descanse en paz de manera holgada.
Otra bolsa negra para asegurarme la aislación de los vahos hediondos.
Una bolsa de plastillera, que el viento había depositado en el jardín de manera providencial vaya a saber uno de que procedencia, para reforzar el paquete sin que se desfonde.

Así de sencilla y placentera fue mi tarea aquella mañana de sol otoñal.
Embolsar el gato.
Uno tras otro junté todos sus restos. Los puse allí, todos juntitos, en esa triple cobertura que até con un fuerte moño con un hilo sisal. Los dejé listos para sacarlos a la calle y que don basurero se los lleve, tirando por la borda la idea de la cristiana sepultura.

La logística venía perfecta hasta que mi cabeza hizo click.
Nuevamente era sábado. El basurero no pasaba hasta el lunes.
La bolsa no podía salir a la calle hasta el domingo. Tampoco podía quedar en el jardín y arriesgarme a una nueva exhumación de los restos.
Actuando en consecuencia, debí improvisar una sala de velatorios dentro de la casa. Elegí el garaje. Un espacio que quedó vedado para todos, con un auto que quedó atrapado como custodiando al occiso.
Resuelto el velatorio, tomé nuevamente coraje y bañe los perros que seguían en cuarentena en el fondo con un olor que ni ellos se aguantaban.

Terminada esta tarea, ni hijos humanos ni hijos perros se me acercaban. Mi ira no tenía cabida en mí, y esta situación se reflejaba a la legua. Todos mantenían distancia. Nadie podía predecir mi reacción ante la menor sugerencia o pedido de algo.

La llamada redentora de una amiga para una tarde de playa me dejó tomar distancia de la angustia del velorio.

Finalmente se hicieron las 20 hs del domingo. Momento fijado para la partida definitiva.
Con entereza y resignación, cargué la bolsa con los restos mortales.
Mirando a un lado y a otro del vecindario, como sintiendo que sacaba algo prohibido, la deposité en el cordón de la vereda. Me fui al balcón para esperar el momento de su ida. No despegué la mirada hasta que lo vì desaparecer en la caja del camión del basurero.
Ya eran las veintidós horas.

Así terminó esta historia, una historia que comenzó a repetirse cuando… Un pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche de alborotos, ladridos y maullidos apareció AHÍ, ¡MUERTO! Víctima de mis canes.
-¡A embolsar el gato! - grité
Prestos y sin acordarse de la cultura occidental de los muertos, salieron los sepultureros, con la pala, la escoba y la bolsa negra.
En medio de la noche y sin perder un segundo embolsaron el gato con la celeridad propia del experimentado.
¿La razón? La busco... La encuentro: a las veintidós horas pasaba el basurero.

Myrtita

jueves, 18 de marzo de 2010

Los árboles ¿mueren de pie?

Aquel destello encegueció la tarde.
Fue una señal.

Nada aplacaba la furia del viento que sin piedad golpeaba al gigante.
Fue un anuncio.

Aquel bramido caló la tierra, como enojado con su tardanza.
Una advertencia.

Aquel rayo no controló su paso.
Le llegó al corazón y se escondió en sus raíces.

Luz, ruido, calor, fuego.
Una corteza sangrante, un fino hilo de savia que moría entre las plumas del carpintero, morador de su tronco, que hoy yacía a sus pies.

El gigante estaba herido.

De manera impensada el verde de sus hojas se atenuó.
Las ramas perdieron sus fuerzas cuando las hojas, una a una, lo abandonaron.

No más moradores en sus brazos, no más moradores en su tronco.
Cayeron a sus pies, sin poder alejarse.

El gigante seguía en pie.
Muerto pero de pie.

Myrtita

sábado, 6 de febrero de 2010

Palabras apretadas

¡Feliz cumpleaños! Solo esas dos palabras se leían en la tarjeta de aquel paquete ajustado.

Su forma no daba margen al despliegue de mi imaginación aquella tarde de un siete de junio.

Sin lugar a dudas se trataba de un libro. Un regalo de un adulto para una niña a la que el calendario le indicaba que la adolescencia estaba en la puerta, aunque ella no lo percibía, fascinada aún por su mundo de muñecas.

Rompí el papel del paquete y mi espíritu festivo desapareció por unos instantes. La desilusión quedó manifiesta en mi cara, sin poder ocultarla.

- ¡Ya vas a ver lo hermoso que es!

El muchas gracias se imponía desde las normas de las buenas costumbres, inculcadas por mis padres en base a la repetición de hechos similares.

- ¡Muchas gracias!

Tapas amarillas, con una imagen antigua…

Al abrirlo, hojas gruesas con palabras apretadas que me recordaron a la guía telefónica que reposaba al lado del teléfono negro.

Sin colores, sin las fotos o los dibujos que abundaban en los libros de mi pequeña biblioteca.

¡Que mal regalo! ¡Qué aburrido! Nada que me entusiasmara.

Así fue que descansó el ejemplar en el estante más alto del anaquel hasta que llegó el tiempo de las vacaciones y el ocio empezó a buscar ocupaciones inducidas por ese don de madres afianzado en su convicción de que la vida no es un sueño permanente y que las vacaciones no pueden pasarse bajo las sábanas.

Repasando la repisa, en una mañana gris, cayó el regalo en mis manos. Volví a mirarlo con más detenimiento, mientras con la gamuza le quitaba el polvo acumulado en su abandono.

“Mujercitas” de Louise M. Alcott se leía en la tapa con letras grandes, sobre una imagen con personajes luciendo trajes antiguos. En la contratapa decía Colección Robin Hood, y mostraba una lista larga de otros títulos y autores en letra minúscula.

Decidí darle una ojeadita para encontrar ilustraciones, que lo hicieran más divertido. Un dibujo con trazos simples en color rojo cada tanto y nada más.

¿Qué esconderían de bueno aquellas páginas rugosas de palabras apretadas?

Mi resistencia a su lectura finalmente cedió.

Una línea al menos para saber de que se trataba, total, el tiempo sobraba aquella mañana de vacaciones.

Una línea más para entender mejor la escena.

Una página más para descubrir un nuevo personaje.

Un poquito más y en dos páginas se llegaba al final del capítulo.

Sin imágenes, con palabras apretadas, los protagonistas iban tomando forma. Caras, voces, espacios, paisajes, situaciones comenzaban a desfilar en mi mente producto de una imaginación sin límites que disparaban esas palabras apretadas.

Sentí por primera vez que ya no precisaba las fotos. Si de esas palabras apretadas salían a borbotones hacia mi interior sin necesidad de que estuvieran frente a mí.

La lectura me ensimismaba. Me llevaba a mirar para adentro.

Un ratito más y alcanzaba otro capitulo.

- ¡A comer!!!

- Ya, en seguida…

No había excusas para demorar el almuerzo, pero la historia era atrapante.

Aquel almuerzo se convirtió en un rápido trámite. Engullí la comida, y en un santiamén estaba nuevamente apresada en ese regalo tan ­­poco deseado.

­Así comenzó la transición. De mis cuentos con dibujos hacia el mundo de las palabras apretadas detonadoras de las más fabulosas historias, estimulantes de la imaginación y los sueños.

Así nació el placer por los sueños con ojos abiertos que desde aquellas Mujercitas me transportan, me mueven, me emocionan y me involucran, y que aún sin moverme me abstraen de la realidad que sigue pasando a mi lado sin que me percate de ella.

Así nació una pasión. El gusto por las palabras apretadas, una verdadera puerta hacia la libertad.

Myrtita

lunes, 1 de febrero de 2010

Una buena excusa

Vuelvo al ruedo sin palabras.
Se niegan a salir.
Prefiero pensar que es mi escoba la que no me habla, y no que soy yo la que no puede oírlas.
No intento forzarlas.
Quiero que fluyan, pero no les doy cabida, ni tiempos.
Que contrasentido.
Cierro la máquina. Priorizo otras cosas.
Pero hoy vuelvo al ruedo. Sin palabras.
Con imágenes como escudo que me dejan acercar a lo que tanto quise, y quiero. Mis QQQ.
De la mano de mis amigos. Quiero volver...
Lo intento por y para ustedes...
Desde aquí comparto lo que resultó de aquella tortura bajo mi pequeña cámara.
Testimonios de una hermosa tarde y mejor velada.


Los quiero mucho!
Myrtita

jueves, 31 de diciembre de 2009

Luces, pata y chau 2009!!!

Más de un mes y ni una sóla palabra.
Pareciera que Arjona se llevó mis letras, para una inspiración profunda y dedicarme algo antes de que llegue a las cinco décadas.
Si esto es así, solo les muestro algunas fotos para despedir el 2009,
y para peor.... malas y movidas!!!!
Pero bueno, algo es algo dijo una vieja ....
y se llevaba un cura a la rastra!!!
ja ja