sábado, 22 de mayo de 2010

Capítulo 6 - La colgada

Las dimensiones del 8º G no superaban los cuarenta metros cuadrados.
El living-comedor-escritorio-estar concentraba la actividad social, laboral y de esparcimiento, alrededor de una rústica mesa, sobre un pequeño escritorio y con un sillón playero disimulado bajo un par de grandes almohadones rayados, desde el que mirábamos la tele instalada en el rincón opuesto.
La minúscula cocina de tres por no más de metro y medio debía albergar la cocina, la heladera y sin lugar a opción un lavarropas o una pileta de lavar. No había cabida para ambos. Ante la pileta o el lavarropas, la elección era más que obvia en estos tiempos modernos: el lavarropas.
Una única habitación provista con amplio placard y un juego clásico de dormitorio.
Un baño chiquito también, al que se accedía por un diminuto pasillo que multiplicaba sus bondades de comunicación con otro placard para contribuir al orden familiar.
El 8º G era pequeño. Tan pequeño como completito, aunque casi completito, ya que a todo lo descripto no se le sumaba balcón.
En consecuencia, el sol se veía desde atrás de los vidrios que daban al vacío, el aire se disfrutaba cuando corrían ráfagas de este a oeste al abrir las ventanas. Las estrellas se contemplaban de costado y la ropa lavada se tendía después de los bifes.
Sí, el tan práctico espacio semicubierto de los departamentos en este hogar se había obviado.
Esta cuestión no era menor. Acarreaba consigo algunas dificultades operativas más allá de privarnos del placer del sol, la luna y las estrellas.
La terraza, que era el lugar asignado por el consorcio para colgar la ropa lavada, no estaba tan lejos del octavo, pero nadie hacía uso de ella, por los tiempos que implicaba subir y bajar y por la falta de privacidad que podía acarrear la desaparición de alguna prenda por error o descuido.
El tema de la ropa lavada era serio y en el 8ºG tenía que resolverse dentro de esos cuarenta metros cuadrados. No en el living porque quedaba fea. No en el dormitorio porque no había espacio. No en el baño que no tenía ventana y la ventilación era escasa. Por descarte quedaba la cocina.
El tender desplegable se instaló en lo alto de la pared de la cocina, arriba de la ventana con pivote, casi tocando el techo, en un lugar que parecía hecho a medida.
La altura se solucionaba fácilmente con la ayuda de la silla de la cocina, un buen equilibrio y tenía la ventaja de que, ante una situación de desequilibrio, un cuerpo no pasaba a través del espacio libre que dejaba la ventanita.
La solución era casi ideal, aunque algunos
inconvenientes persistían. El momento de la colgada, el volumen de la colgada y la ausencia del sol. La siesta o la noche. Antes o después de los bifes y las frituras, ya que el olor a la comida seguía flotando en el ambiente y se pegaba a la ropa tapando el suave aroma del suavizante.
Fue un día de otoño cuando, en medio de una faraónica colgada, desbordada por sabanas, toallas y demás prendas, Don Bonel ofreció una solución a mi problema, apostado en el marco de la puerta de la cocina, mientras me observaba desde el llano desplegar mis destrezas de malabarista,
Su balcón estaba subocupado, disponía de un gran tendedero que sólo se usaba para un esporádico pañuelo o repasador, ya que la portera se ocupaba del lavado de su ropa.
Finalmente la solución a tanta disyuntiva apareció en el 8° F, en el departamento de Don Bonel.
El 8° F, del fondo del pasillo, daba al oeste y remataba el contra frente del edificio con un soleado balcón.
Así los cuarenta metros cuadrados del 8º G se aumentaron. En mi agenda diaria apareció un nuevo momento de encuentro con Bonel. El momento de la colgada. Llamaba a su puerta cargada con la ropa mojada, y mientras la disponía en su tendedero, me daba charlas distendidas al tiempo que me alcanzaba los broches.
La ceremonia de la ropa en el octavo piso se repetía día tras día. Temprano de mañana o a la siesta, justo a la hora la fruta y del Clarín, antes de salir para el trabajo.
El momento de la colgada.
Pero la colgada no terminaba ahí.
El evento se cerraba a la tardecita, ahí mismo en el 8º F, cuando al volver a casa además del ya convenido intercambio de periódicos, las llamadas telefónicas de la jornada, la puesta al día de las novedades, el comentario de los goles y demás temas, se procedía a la devolución en mano de la ropa seca y doblada.
Realmente un lujo, pero el servicio no incluía el planchado.

Myrtita

domingo, 2 de mayo de 2010

El locro añejado

01 de mayo de 2010, una fecha más que convocante.

No podía ser de otra manera. El “trabajo” una fuerte razón para agasajarnos.

De qué otra forma saben los argentinos de agasajos sino es alrededor de una mesa, y con un entrenamiento duro de mandíbulas. ¿Existe otra forma? No sé.

Creo que mis amigos y yo todavía no la hemos descubierto, por eso no perdemos tiempo, y mientras esa investigación paralela continúa preferimos lo convencional y la tradición.

Siguiendo estos preceptos, un locro añejado ocupó el centro de la mesa. Añejado, como los mejores vinos que acentúan su calidad con el paso del tiempo. Con opciones para los que gustan de la comida sana, dos pollos con unas aceitosas papas fritas. Para los más medidos, sopita de caja.

Todos juntos por los vigilantes, y FELIZ DIA TRABAJADORES!!!

Salud!!!
.... les haya quedado después de esto!!!
Myrtita

sábado, 1 de mayo de 2010

lunes, 26 de abril de 2010

El chiche nuevo

Está linda pero se acuerdan de myparrilla??
Fue muy linda también. Tenía su glamour ¿o no??

Myrtita

domingo, 25 de abril de 2010

Don Nicola

¿Qué dispara mis palabras?
Un olor, una imagen, un sonido. La soledad, mis sentidos, una mente inquieta que sin permiso se da licencias y viaja. Viaja lejos, muy lejos, tan lejos que me asusto de solo pensarlo.
El ruido seco y constante de la tijera de podar, lo trajo a mi mente. Don Nicola.

Que descuelgue de ideas, ¿de dónde vienen? Son muy lejanas, me anclan en mi infancia.

Don Nicola, el jardinero. Aquel viejo italiano que todas las semanas llegaba para dejar su magia en el pequeño jardín de la calle Rivadavia.

Tostado por el sol, rubio de ojos chiquitos del color del cielo, de palabras en un castellano atravesado. Con paciencia y pasión, acomodaba la maraña verde, dejando un espacio prolijo y florecido.

Ya entré. Decido recorrerlo contra el sentido de las agujas del reloj.
En el cantero triangular de la derecha, me recibe el rosal rojo, en el vértice, custodiando la puerta de acceso. Más allá, en el centro el dominio de la bandera española que disputa el espacio con un árbol frutal, del que no distingo sus frutas, pero lo veo más cerca del tapial que linda con lo de Del Azar. Sobre el borde de cemento que marca los límites de este espacio, una línea perfecta de flores de estación que se renuevan permanentemente dando el toque de color y alegría.

Un espacio verde, sin flores, más húmedo se protege cerca de la pared que deja atrás el oeste. Las acuáticas con sus hojas grandes que conforman el mejor refugio para la jugada a la escondida.

El rincón de la parrilla, con una simple mesada en la que el buen asador debe trabajar arduamente para ganarse el aplauso merecido, quedó flanqueado por mi hamaca custodiada por dos jazmines del Paraguay.

Los jazmines del Paraguay, un símbolo fuerte de mi niñez, escoltan esa pequeña hamaca que fabricada por Don Sendra, el viejo herrero amigo de Papá, quizás a cambio de algún acto quirúrgico.

La pared de la casa de los abuelos oculta por su enamorada vigorosa que refugia todo tipo de alimañas obligando a podas permanentes.

El mamón delante del tapial del fondo, voltea sus hojas y deja rodar sus frutos en una suerte de guerra. -¡Cae otro más cuidado! Y la corrida…

El jazmín celeste sin límites definidos oculta la piecita de los cachivaches y se enmaraña apoyado en el pequeño tingladito que protege el acceso al cuartito.

Un paso angosto, con baldosas me deja volver a la puerta. Una puerta grande con vidrios de colores, protegida del sur por la glicina. No veo sus flores. Las hojas ocres comienzan a caer. Es otoño.

El ruido seco y pausado de la tijera me llevó. El paseo fue corto. Ya termina. Sólo una vuelta por el jardín chiquito de mi casa vieja.
Don Nicola ya se fue. Llegué justo para verlo partir. El recuerdo fue grato, su magia todavía estaba allí.

Myrtita

domingo, 28 de marzo de 2010

Para Jose Luis

Myrtita

sábado, 27 de marzo de 2010

Bolsa o sepultura

Era la mañana de un sábado, de un otoño que recién nacía.
De manera casi autómata, como todas las mañanas, abrí las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio se filtrara suavemente a través de los pliegos de las cortinas.

Una mañana como todas, pero, en ese instante que apareció frente a mí.
Parecía dormido, acariciado por el sol. Su mirada se perdía en el infinito, su postura era un tanto rígida, parecía elevar una plegaria al cielo.
¿Una plegaria al cielo? Algo no funcionaba bien en aquella observación. Agudicé mi vista. ¿Dormido? ¡NO!

Estaba AHÍ. ¡MUERTO! Un pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche de alborotos, ladridos y maullidos. La razón del caos y mi desvelo estaba allí descansando finalmente en paz. Víctima de mis canes.

Aterrada o impresionada empecé a los gritos en una suerte de ataque. Todos los humanos del hogar corrieron a percatarse de la razón de mi alteración

Los perros corrían al darse cuenta de su protagonismo en semejante altercado.

Una mañana como todas, pero pintaba diferente.

De manera casi autómata, comencé a cerrar las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio siguiera acariciando al gato, lejos de mi vista, mientras la oscuridad se adueñaba nuevamente de mi hogar.

La decisión ya estaba tomada. No más sol hasta que embolsaran el gato.

- ¿Cómo lo vamos a sacar en una bolsa?
- ¡Hay que enterrarlo!
- ¡Hagan lo que quieran y como puedan pero lo desaparecen del jardín!

Entiendo que mi accionar fue, si se quiere, desmedido e irracional pero a la distancia me doy cuenta de que otro condimento se mezclaba en él.

Los humanos del hogar no eran culpables del asesinato. Yo era incapaz de resolver aquella situación mortal, y mi esposo planificaba una gira deportiva por diez días. Diez días en una ciudad con sus costas bañadas por el mar tendrían su costo.

Delegando la responsabilidad del gato me fui.

Fue así que los hombres de la casa tomaron las palas, cavaron una fosa y le dieron al gato una cristiana sepultura, acorde a sus principios, lejos de mi teoría de que embolsaran el gato.
Satisfechos hicieron alarde de su obra a mi regreso. El gato descansaba en paz y el esposo al día siguiente partía feliz con la satisfacción del deber cumplido.

La mañana del lunes llegó.
De manera casi autómata, como todas las mañanas, abrí las ventanas y puertas al jardín para que el sol tibio se filtrara suavemente a través de los pliegos de las cortinas.

Una mañana como todas, pero fue en ese instante que apareció frente a mí. Parecía dormido, acariciado por el sol. Su mirada se perdía en el infinito, su postura era un tanto rígida, parecía elevar una plegaria al cielo.

Estaba AHÍ. ¡MUERTO! De nuevo el pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche reapareció. ¡EXHUMADO!

¡Era el tercer día y parecía haber resucitado!
Prolijamente la fosa había sido profanada por mis canes que aparentemente se resistían a dejarlo partir.

De nuevo mis gritos de horror, pero que no llegaban más allá de los límites del barrio. Más allá de la frontera el esposo ya descansaba de la rutina hogareña.

- ¡Agustín!! ¡Les dije que sacaran el gato y no que lo enterraran! ¡Aquí está de nuevo! ¡No pienso abrir ni una ventana hasta que lo saqués de acá!

No entiendo aún la razón de su sumisión, pero sin rezongar, mi hijo mayor, creo que en un intento de evitar mi internación por locura, envolvió su cabeza en una toalla para aislarse del hediondo perfume del gato, tomó la pala, y unos metros más al fondo comenzó la nueva fosa sin poder despojarse de sus principios de la cristiana sepultura.

Más profunda, y con lápida, para que los perros no la pudieran violar. Unos viejos escalones de granito, dispuestos como las piezas de un rompecabezas, sellaban la tumba. Solo le faltaba un florero.

La semana siguió su curso. El tema del gato quedaba para la historia. Como una oscura anécdota, pintada por la muerte.

Pasó la noche del viernes. El sábado amaneció radiante, luminoso. Una mañana otoñal de ensueños. Ese sábado el tiempo era mío. Decidí hacer lo que nunca hacía: fiaca en la cama, pero como quería que el sol entrara, de un salto decidí abrir las ventanas al jardín.

Una mirada a lo lejos y una rápida focalización a lo cercano.
Los perros daban vueltas por el jardín. Algo se disputaban. Algo traían entre sus dientes.
Aclaré mi vista. No me daba cuenta de que se trataba. Era algo largo. ¿Una rama? ¡NO! ¿Un huesito? Casi, casi. Agudicé más mi vista y la descubrí: ¡Una pata! Pero, ¿de qué?

Miré a lo lejos. La lápida seguía inalterada, pero la tumba se había convertido en un túnel de un metro de profundidad, y el gato muerto sólo era un conjunto de partes que provocaba la disputa de los hermanos. Era la pata del gato.

Adiós fiaca en la cama. Adiós mi tiempo en esa mañana de sábado.
Bajé corriendo, para cerrar todas las puertas de acceso al jardín.

Nuevamente mis gritos. Pero esta vez sin eco. Nadie respondía. Los perros alertados habían dejado de pelearse por ese pedazo de hueso con pelos y algo de carne.
En dos patas apoyados sobre la ventana despedían un olor nauseabundo y me miraban atónitos sin entender que era lo que me enojaba.

Seguía gritando, pero al cielo. Nadie respondía. Cuando a lo lejos escucho el teléfono. Atiendo y una voz suelta y alegre osaba preguntar: ¿cómo anda todo en el hogar?
No puedo reproducir respuestas. Sería censurado mi espacio.
El mar, el sol, la playa de un lado del tubo y los restos del gato esparcidos como esquirlas por el jardín, después de una semana de la incorporación de su espíritu al ejército celestial, por el otro.

Una situación no resuelta. Una única persona para definir el accionar.
Ya todos eran inmunes a mis gritos.
Sin alternativa me enfrenté a la muerte. Me uní de coraje, dispuse de los elementos y planifiqué la acción.

Adopté el método de las vueltas de toalla sobre mi rostro para aislarme del olor.
Bolsas de supermercado a modo de guantes en mis manos para no sentir el frío de la muerte.
Una bolsa negra grande para que finalmente descanse en paz de manera holgada.
Otra bolsa negra para asegurarme la aislación de los vahos hediondos.
Una bolsa de plastillera, que el viento había depositado en el jardín de manera providencial vaya a saber uno de que procedencia, para reforzar el paquete sin que se desfonde.

Así de sencilla y placentera fue mi tarea aquella mañana de sol otoñal.
Embolsar el gato.
Uno tras otro junté todos sus restos. Los puse allí, todos juntitos, en esa triple cobertura que até con un fuerte moño con un hilo sisal. Los dejé listos para sacarlos a la calle y que don basurero se los lleve, tirando por la borda la idea de la cristiana sepultura.

La logística venía perfecta hasta que mi cabeza hizo click.
Nuevamente era sábado. El basurero no pasaba hasta el lunes.
La bolsa no podía salir a la calle hasta el domingo. Tampoco podía quedar en el jardín y arriesgarme a una nueva exhumación de los restos.
Actuando en consecuencia, debí improvisar una sala de velatorios dentro de la casa. Elegí el garaje. Un espacio que quedó vedado para todos, con un auto que quedó atrapado como custodiando al occiso.
Resuelto el velatorio, tomé nuevamente coraje y bañe los perros que seguían en cuarentena en el fondo con un olor que ni ellos se aguantaban.

Terminada esta tarea, ni hijos humanos ni hijos perros se me acercaban. Mi ira no tenía cabida en mí, y esta situación se reflejaba a la legua. Todos mantenían distancia. Nadie podía predecir mi reacción ante la menor sugerencia o pedido de algo.

La llamada redentora de una amiga para una tarde de playa me dejó tomar distancia de la angustia del velorio.

Finalmente se hicieron las 20 hs del domingo. Momento fijado para la partida definitiva.
Con entereza y resignación, cargué la bolsa con los restos mortales.
Mirando a un lado y a otro del vecindario, como sintiendo que sacaba algo prohibido, la deposité en el cordón de la vereda. Me fui al balcón para esperar el momento de su ida. No despegué la mirada hasta que lo vì desaparecer en la caja del camión del basurero.
Ya eran las veintidós horas.

Así terminó esta historia, una historia que comenzó a repetirse cuando… Un pobre e indefenso gato que había osado atravesar el jardín aquella noche de alborotos, ladridos y maullidos apareció AHÍ, ¡MUERTO! Víctima de mis canes.
-¡A embolsar el gato! - grité
Prestos y sin acordarse de la cultura occidental de los muertos, salieron los sepultureros, con la pala, la escoba y la bolsa negra.
En medio de la noche y sin perder un segundo embolsaron el gato con la celeridad propia del experimentado.
¿La razón? La busco... La encuentro: a las veintidós horas pasaba el basurero.

Myrtita